La cercanía de Tomás Moro
El autor de este artículo es Presidente de la Fundación Tomás Moro

Tomás Moro. Rubens.
Museo del Prado, Madrid
En la Historia, relato múltiple de hechos y circunstancias, caben muy pocos nombres singulares. La mayoría son –somos– espectadores de la comedia de la vida, público. Sobresalen, porque permanecen, los santos, los héroes y los clásicos o grandes creadores. Tomás Moro reúne esas tres condiciones. El tiempo, camino ya de cinco siglos, paradójicamente, nos acerca a él; se suceden las biografías, y esa cercanía confirma el valor de su testimonio y de su obra, una obra, por cierto, sólo parcialmente conocida en nuestra lengua.
Sin embargo, quizás la mayor singularidad de Moro es que, en su vida personal, familiar y social era un hombre normal, amante de la vida, de la familia, de los amigos, de los libros, de la música, con un inagotable sentido del humor y dispuesto siempre a disfrutar de una felicidad compartida.
Erasmo de Rotterdam, al dedicarle el Elogio de la locura, o Encomium Moriae, reconoce la afición de su amigo Moro a la más noble ironía, retratándole con estas palabras: «Pues sueles gustar mucho de ese género de donaires que no son indoctos, ni pérfidos, ni absolutamente insulsos y, en cierto modo, ves las cosas de la vida con el espíritu de Demócrito; y aun cuando tú, sin ninguna duda, por la perspicacia de tu ingenio estés, de ordinario, muy distante del vulgo, sin embargo, gracias a la increíble dulzura y afabilidad de tu condición, con todos te avienes, con todos tratas, con todos te llevas bien y con todos te diviertes».

Tomás Moro fue, ante todo, un jurista, libre de la sombra mediocre del leguleyo. Su pasión por el orden ha sido interpretada por sus biógrafos más críticos como manifestación de un carácter autoritario. Es éste un pie forzado de quienes hoy, en el proteico mundo del pensamiento jurídico, contraponen una vulgarización de la filosofía contractualista, expresión de un consenso político simulado y por ello estéril, con la vigencia irrenunciable de la ley, en cuanto paradigma normativo inequívoco.
Nuestro humanista, con su vida y con su obra, desborda todo juicio apresurado desde una modernidad de estereotipo. Quien se acerca a él acaba seducido, reconociendo, de un modo más o menos explícito, el encanto y el valor del personaje. Así, Richard Marius, que, a pesar de la distancia y las cautelas, admite que «quienes hemos trabajado con la edición de sus obras completas de la Universidad de Yale, y hemos escrito sobre él y hablado sobre él durante más de dos décadas, le encontramos exasperante, irritante, tierno, odioso, obtuso, brillante, ingenioso, exigente y, muy a menudo, descubrimos en él un ideal irrenunciable que ansiamos para nosotros mismos». Magnífica confesión del poder de atracción del biografiado, que no excluye sus naturales contradicciones, como corresponde a toda biografía que se precie.
Ése fue y sigue siendo Tomás Moro, un hombre real, con sus luces y sus sombras, resistente a toda idealización hagiográfica. Un cristiano libre y consecuente que, porque cree, quiere y defiende a la Iglesia de la que se siente parte, frente a los Tyndale y los Lutero que, cegados por la soberbia que alentó en la Reforma, buscan pretextos para debilitarla o dividirla, y no para regenerarla desde dentro, sin merma de su unidad. Un mártir que no busca el cadalso, pero tampoco lo rehuye. Un político leal al príncipe en cuanto defensor de la fe –hoy diríamos libertad religiosa–, y no como definidor de la sacralidad en su propio beneficio. Algo que, para quien fue Canciller irreducible, suponía invertir los términos del principio cuius regio, eius religio, con el único fin de librar a la Iglesia de todo enfeudamiento, no para someter la soberanía secular del Príncipe a la prerrogativa espiritual del Papado.
Por su condición hoy de Patrono de los hombres públicos, debemos recordar la visión que Tomás Moro tenía de la política como servicio a los demás. De ahí su denuncia en Utopía: «Si alguien nadase en placeres y deleites, mientras que a su alrededor todo son gemidos y lamentaciones, ese tal no sería guardián de un reino, sino de una cárcel». A lo que se suma su profunda humildad frente a la vanidad del poderoso, cuando, en una conversación en la Torre, contada por su hija Margarita, le cuenta a ésta que, «como dice Boeccio, el que un ser humano se enorgullezca de gobernar sobre otros es muy similar a un ratón que estuviera orgulloso de gobernar a otros ratones en un pajar». Una reflexión que distingue a la inteligencia política de la avidez del engreído.
Esos pensamientos convierten a Tomás Moro, como a la mayoría de los clásicos, en uno de nuestros más próximos contemporáneos. La ejemplaridad de su conducta, su talla de humanista y la enjundia de su santidad, sin dejar de abrumarnos, nos despiertan.


Claro J. Fernández-Carnicero